“El plató de Nothing Sacred era un continuo pandemonium, ya que a Lombard le gustaban tanto las bromas y las travesuras como a Wellman, y tenía para ellas el mismo talento que él. La hora de la comida la aprovechaban para conducir a toda velocidad y con la sirena conectada un coche de bomberos por los alrededores del estudio, mientras el plató era un lugar donde se sucedían interminables bromas, peleas amistosas y aullidos constantes. De alguna manera, toda esa energía y entusiasmo se trasladaron a la pantalla, dando a Nothing Sacred un cariz ligeramente histérico que la diferencia de otras comedias. Es una película frenética hecha por gente frenética.“
William A. Wellman, Frank T. Thompson
(...) Tras Ha nacido una estrella, en Nothing Sacred William Wellman vuelve a contar la historia de una muchacha que escapa de una pequeña ciudad hacia una gran ciudad. Si antes la gran ciudad era Hollywood, ahora es Nueva York, una al oeste, la otra al este, pero ambas tienen en común el ser fábricas de sueños y fábricas de mentiras. En Hollywood la muchacha perseguía el futuro o, dicho de otra manera, un sueño. Lo alcanzaba pero se revelaba traicionero. En Nueva York, la muchacha persigue el presente o, dicho de otra manera, el placer. Lo alcanza pero se revela amargo y, en cierto modo, agotador. Aquella era un melodrama, esta es una comedia alocada, pero una comedia que juega con lo que podría ser una historia de melodrama y que cuestiona el placer que, en el fondo, sentimos ante los melodramas, sobre todo ante los melodramas que sabemos reales, los melodramas que nos da la prensa. Para pasar del melodrama a la comedia sólo hace falta, quizás, un ligero cambio de perspectiva, un cambio que se vuelve fácil cuando el relato va engrasado con el aceite eficaz de un cinismo alegre.
El mundo de Nothing Sacred es incómodo. A un periodista degradado a redactor de obituarios le dan empujones, le tiran vasos de papel al sombrero y apenas le dejan trabajar. Es el agobio despiadado de la gran ciudad. Pero cuando va a la pequeña ciudad de Varsaw, en Vermont, descubre un mundo igual de despiadado. Nadie le quiere hablar, le cobran por el más mínimo minuto de conversación y hasta un niño se lanza a morderle la pierna cual perro con la rabia. No hay nada idílico en la pequeña ciudad y nada tierno en los niños. Cuando Hazel Flagg, acompañando al periodista, abandona la pequeña ciudad para ir a la gran ciudad, deja atrás un lugar al que, la verdad, no merece la pena volver. Y descubre otro lugar en el que, la verdad, no merece la pena quedarse. El mundo no es un lugar en el que vivir. No hay un afuera de la hostilidad. Al menos no en tierra firme. Quizás por eso la película termina en trasatlántico, como si en el mar todavía se pudiese encontrar algo de paz, aunque sabemos que ese viaje sobre el mar no podrá durar para siempre, que a algún lugar humano acabarán por llegar.
La película, sin embargo, no nos hace pensar en ese más allá del final, en esa tierra firme a la que volverán. Esto sucede porque William Wellman, como venimos diciendo, era, al menos en aquellos años, uno de los cineastas más veloces de Hollywood. Sus películas son breves y sin embargo pasan muchas cosas. Su versión de A Star Is Born, ya lo vimos, dura una hora menos que la posterior de Cukor ,y sin embargo, su trama cuenta más cosas. Para Wellman el presente es algo veloz. Quizás esta velocidad sea particularmente apropiada para Nothing Sacred: los mentirosos necesitan que nadie se pare demasiado tiempo a pensar en sus mentiras, que no haya ocasión para darles una vuelta y considerarlas de otra manera. La gracia, en esta película, se sube a la cabeza con la velocidad del champán, dejando un poco atontado, con algo de resaca, con el vago recuerdo de habérselo pasado muy bien y, al mismo tiempo, con la sospecha de que quizás pasó algo extraño, algo que sólo podremos recordar u olvidar del todo con otra copa de champán, con otra ronda de gags, otra ronda de mentiras. (...)
Todo, ya, a toda prisa. William Wellman años 30, Anselmo G. Tapias, en la revista Kino-Kaplan, primavera 1999
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