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martes, 6 de abril de 2021

Nothing Sacred (Programa 3: Vamos a contar mentiras)

“El plató de Nothing Sacred era un continuo pandemonium, ya que a Lombard le gustaban tanto las bromas y las travesuras como a Wellman, y tenía para ellas el mismo talento que él. La hora de la comida la aprovechaban para conducir a toda velocidad y con la sirena conectada un coche de bomberos por los alrededores del estudio, mientras el plató era un lugar donde se sucedían interminables bromas, peleas amistosas y aullidos constantes. De alguna manera, toda esa energía y entusiasmo se trasladaron a la pantalla, dando a Nothing Sacred un cariz ligeramente histérico que la diferencia de otras comedias. Es una película frenética hecha por gente frenética.“

William A. Wellman, Frank T. Thompson


(...) Tras Ha nacido una estrella, en Nothing Sacred William Wellman vuelve a contar la historia de una muchacha que escapa de una pequeña ciudad hacia una gran ciudad. Si antes la gran ciudad era Hollywood, ahora es Nueva York, una al oeste, la otra al este, pero ambas tienen en común el ser fábricas de sueños y fábricas de mentiras. En Hollywood la muchacha perseguía el futuro o, dicho de otra manera, un sueño. Lo alcanzaba pero se revelaba traicionero. En Nueva York, la muchacha persigue el presente o, dicho de otra manera, el placer. Lo alcanza pero se revela amargo y, en cierto modo, agotador. Aquella era un melodrama, esta es una comedia alocada, pero una comedia que juega con lo que podría ser una historia de melodrama y que cuestiona el placer que, en el fondo, sentimos ante los melodramas, sobre todo ante los melodramas que sabemos reales, los melodramas que nos da la prensa. Para pasar del melodrama a la comedia sólo hace falta, quizás, un ligero cambio de perspectiva, un cambio que se vuelve fácil cuando el relato va engrasado con el aceite eficaz de un cinismo alegre. 

El mundo de Nothing Sacred es incómodo. A un periodista degradado a redactor de obituarios le dan empujones, le tiran vasos de papel al sombrero y apenas le dejan trabajar. Es el agobio despiadado de la gran ciudad. Pero cuando va a la pequeña ciudad de Varsaw, en Vermont, descubre un mundo igual de despiadado. Nadie le quiere hablar, le cobran por el más mínimo minuto de conversación y hasta un niño se lanza a morderle la pierna cual perro con la rabia. No hay nada idílico en la pequeña ciudad y nada tierno en los niños. Cuando Hazel Flagg, acompañando al periodista, abandona la pequeña ciudad para ir a la gran ciudad, deja atrás un lugar al que, la verdad, no merece la pena volver. Y descubre otro lugar en el que, la verdad, no merece la pena quedarse. El mundo no es un lugar en el que vivir. No hay un afuera de la hostilidad. Al menos no en tierra firme. Quizás por eso la película termina en trasatlántico, como si en el mar todavía se pudiese encontrar algo de paz, aunque sabemos que ese viaje sobre el mar no podrá durar para siempre, que a algún lugar humano acabarán por llegar. 

La película, sin embargo, no nos hace pensar en ese más allá del final, en esa tierra firme a la que volverán. Esto sucede porque William Wellman, como venimos diciendo, era, al menos en aquellos años, uno de los cineastas más veloces de Hollywood. Sus películas son breves y sin embargo pasan muchas cosas. Su versión de A Star Is Born, ya lo vimos, dura una hora menos que la posterior de Cukor ,y sin embargo, su trama cuenta más cosas. Para Wellman el presente es algo veloz. Quizás esta velocidad sea particularmente apropiada para Nothing Sacred: los mentirosos necesitan que nadie se pare demasiado tiempo a pensar en sus mentiras, que no haya ocasión para darles una vuelta y considerarlas de otra manera. La gracia, en esta película, se sube a la cabeza con la velocidad del champán, dejando un poco atontado, con algo de resaca, con el vago recuerdo de habérselo pasado muy bien y, al mismo tiempo, con la sospecha de que quizás pasó algo extraño, algo que sólo podremos recordar u olvidar del todo con otra copa de champán, con otra ronda de gags, otra ronda de mentiras. (...)

Todo, ya, a toda prisa. William Wellman años 30, Anselmo G. Tapias, en la revista Kino-Kaplan, primavera 1999


Programa 3: "Vamos a contar mentiras"



Ahora todo el mundo miente, los folletos de la farmacia, los gobiernos, la radio, el cine, los periódicos…¿Cómo pretendes que nosotros, los particulares, no mintamos?”

La regla del juego, Jean Renoir


No me cuentes cuentos... No te montes películas…. No nos gusta que nos engañen (o eso creemos, o eso decimos) y, sin embargo, una y otra vez vamos a que nos cuenten cuentos, a que nos cuenten películas. Sesión a sesión, película a película, vamos descubriendo que no sólo las películas son, quizás, mentiras, sino que están ellas mismas llenas de mentirosos. Una y otra vez nos cruzamos con personajes que mienten. Mentiras importantes y mentiras menores, mentiras malévolas y mentiras benévolas. Nunca acabamos de saber si el contarnos mentiras sobre las mentiras es una manera de decirnos verdad o, al contrario, una manera de dar la verdad por perdida. 

Las tres películas del nuevo programa de Contactos, Nothing Sacred, de William Wellman, Il Generale della Rovere, de Roberto Rossellini, y Paul Sanchez est revenu!, de Patricia Mazuy están construidas cada una en torno a una gran mentira. Las tres retratan un mundo estrecho, hostil y decepcionante que, de alguna manera, parece poder ensancharse gracias a una mentira. Una mentira que de pronto todos los personajes necesitan, aquellos que la dicen y, mucho más importante, aquellos que la escuchan, porque el éxito de una mentira no depende tanto de la habilidad del que engaña como del deseo de los engañados. Como escribía el padre Martín, citado por Carmen Martín Gaite, la elocuencia no está en el que habla, sino en el que oye; si no precede esa afición en el que habla, no hay retórica que alcance, y de todo esto quizás podamos deducir que nada como las mentiras que nos creemos para revelar lo que en el fondo somos.

Lo inquietante de estas tres películas, ya sean comedia o drama, es que esa mentira que todo el mundo parece necesitar y estar dispuesto a creer no es una mentira feliz. Lo que la mentira promete, o a lo que la mentira conduce, es a la muerte. Las tres películas retratan, con la precisión de un documental didáctico, unos mundos hechos de engaños. Son engaños pequeños que en cierto momento empiezan a volverse gigantescos e irreversibles. Y en las tres películas el engaño que la sociedad está deseando creerse es un engaño mortal, una historia de muerte violenta o dolorosa, una historia de sacrificio.

En Nothing Sacred, William Wellman cuenta la historia de cómo todo Nueva York se entusiasma por una chica a la que creen condenada a muerte por el efecto del radium. Como la sinopsis no indica, es una comedia. Una veloz comedia de los años treinta, en colores deslumbrantes y recién inventados, con Carole Lombard y Fredric March, con caídas, peleas, malos humores y algo de amor.  Es, sobre todo, Nueva York vista desde el prisma de la mentira. Todo miente en esa ciudad y nadie ni nada se merece la verdad. Es extraña la alegría de la película porque en realidad es una alegría que está peleada con el mundo, una alegría corrosiva, destructora.

En Il Generale della Rovere, Roberto Rossellini cuenta una historia real sucedida durante la Segunda Guerra Mundial. Es la historia de un mentiroso, no por azar interpretado por Vittorio de Sica, maravilloso actor y al mismo tiempo, como Rossellini, cineasta neorrealista, mentiroso verdadero. Este mentiroso acaba encontrando su redención en la mentira misma, como si lo importante no estuviese en distinguir entre mentira y verdad, sino entre valor y cobardía. Ante la muerte la verdad del personaje es la de su valor, no la de su nombre. Aquí el mundo todavía merece que se diga una verdad pero a veces esa verdad se dice pasando por la mentira. 

En Paul Sanchez est revenu!, Patricia Mazuy cuenta el posible regreso de Paul Sanchez, un asesino desaparecido desde hace diez años, a un lugar de la provincia del sur de Francia, un lugar en el que los personajes, por más que huyan o se escondan, no dejan nunca de tener cerca la carretera con su sonido permanente de coches pasando. Un lugar incómodo, hostil y cotidiano, en el que no parece que haya más horizonte que el de ese horror del pasado que vuelve, desbaratando la rutina del lugar y también la rutina del cine policial, que aquí recupera el placer de lo incierto, del no poder adivinar qué es lo que va a pasar en la escena siguiente, qué nueva verdad o mentira surgirá. Quizás sea esa la lección de los mentirosos para los narradores: el no poder dar vuelta atrás, el vértigo de tener que inventar sin cesar nuevos giros de guión, nuevas mentiras, nuevas verdades. 

La señora sin camelias (programa 6a: La Cenicienta - Me he casado, pero...)

¿Acaso existe una sola película que no esté fascinada, de una manera u otra, por aquello que ha elegido denunciar? Me parece que no (esto ...